En oficinas, redes sociales e incluso gobiernos, hay personas que se abren camino con paso firme aunque no tengan la preparación necesaria. Su seguridad resulta tan convincente que las convierte en referentes. A este fenómeno se le llama impostores sin síndrome: individuos que se visten de confianza mientras esconden su falta de competencias.
El concepto se ubica en el extremo opuesto al conocido síndrome del impostor. En 1978, las psicólogas Pauline Clance y Suzanne Imes acuñaron ese término para describir a personas brillantes incapaces de reconocer sus logros. Décadas después, surge la cara contraria: quienes ascienden con méritos ficticios y sin un instante de duda.
La psicóloga Adriana Royo, citada por El País, lo define con precisión:
“No es que finjan seguridad, es que realmente se creen merecedores de lo que obtienen, aunque las evidencias indiquen lo contrario”.
En paralelo, el investigador Tomás Chamorro-Premuzic recuerda que el efecto Dunning-Kruger explica gran parte de este fenómeno: muchas personas tienden a sobreestimarse, convencidas de ser líderes natos incluso cuando los hechos demuestran lo contrario.
¿Qué podemos hacer? Tal vez sea momento de reivindicar el valor de la duda. “¿Es lo que dice?” “¿Realmente soy lo que pienso?” La autocrítica no debilita. Hecha sin complacencia y con ánimo de mejorar, sienta las bases de una confianza auténtica y sostenible.
